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martes, 23 de mayo de 2017

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Una llamada al “cuidado de los niños".

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

        Ayer por la tarde volví de mi peregrinación a Fátima: ¡saludemos a la Virgen de Fátima! Y nuestra oración mariana de hoy toma un significado particular, cargado de memoria y de profecía para quienes miran la historia con los ojos de la fe.

        En Fátima me he sumergido en la oración del santo Pueblo fiel, oración que fluye desde hace cien años como un rio, para implorar la protección materna de María sobre el mundo entero. Demos gracias al Señor que me ha concedido ir a los pies de la Virgen Madre como peregrino de esperanza y de paz. Y doy gracias de todo corazón a los obispos, al obispo de Leiria-Fátima, a las autoridades del Estado, al presidente de la República y a todos aquellos que han ofrecido su colaboración.

        Desde el principio, cuando en la capilla de las apariciones permanecí en silencio largo tiempo, acompañado por el silencio orante de todos los peregrinos, se creó un clima de recogimiento y contemplativo, durante el cual se desarrollaron los diversos momentos de oración. Y en el centro de todo estuvo el Señor Resucitado, presente en medio de su Pueblo en la Palabra y en la Eucaristía. Presente en medio de numerosos enfermos, que son protagonistas de la vida litúrgica y pastoral de Fátima, como de todos los santuarios marianos.

        En Fátima la Virgen ha escogido el corazón inocente y la simplicidad de los pequeños Francisco, Jacinta y Lucia, los depositarios de su mensaje. Estos niños lo han acogido dignamente, y son reconocidos como testigos fiables de las apariciones, convirtiéndose en modelos de vida cristiana. Con la canonización de Francisco y Jacinta, he querido proponer a toda la Iglesia su ejemplo de adhesión a Cristo y de testimonio evangélico.

        También he querido proponer a toda la Iglesia de tomar como cargo el cuidado de los niños. Su santidad no es consecuencia de las apariciones, sino de la fidelidad y del ardor con los cuales han respondido al privilegio de poder ver a la Virgen María. Después del encuentro con la “Bella Dama”, ellos la llamaban así, rezaban frecuentemente el Rosario, haciendo penitencia y ofreciendo sacrificios para obtener el fin de la guerra y por las almas que más necesidad tenían de su misericordia.

        En nuestros días también, hay tanta necesidad de oración y de penitencia para implorar la gracia de la conversión, para implorar el fin de tantas guerras por todo el mundo, que se extienden cada vez más, lo mismo que el fin de tantos conflictos absurdos, grandes y familiares, pequeños, que desfiguran el rostro de la humanidad.

        Dejémonos guiar por la luz que viene de Fátima. Que el Corazón inmaculado de María sea siempre nuestro refugio, nuestro consuelo y el camino que nos conduce a Cristo.
Ciudad del Vaticano, 14 mayo 2017.

Fluvium.org.     

lunes, 22 de mayo de 2017

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  Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.

     Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?

     Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor... que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.

     Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo su Evangelio.

     Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.

     Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.

     Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad...

      ¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”? ¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada? ¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?
José Antonio Pagola
 

ORACION DE ACCION DE GRACIAS
Lo tuyo, Señor, no es una historia pasada que puedo archivar en el cajón de los recuerdos.

     Tus palabras siguen tan vivas como el momento en que las pronunciaste, tu vida seduce y provoca, llama a la conversión y al seguimiento tanto ahora como hace dos mil años.

     Es tu Espíritu quien obra este prodigio, es él quien hace que no envejezcas nunca, que no te conviertas en pieza de museo, episodio de la historia que será estudiado, catalogado y descrito en un libro que acabará guardado en un estante.

     Tú estás presente y vivo en cada discípulo, nos inspiras una palabra oportuna y un nuevo modo de obraren cada situación nueva que se nos plantea.

      Por esta conexión espiritual tú nos habitas y nos defiendes de todo lo que nos aparta de la vida auténtica, y ahora vives en el seno del Padre y nos atraes a la comunión divina que un día esperarnos gozar en tu Reino.
P. Julián Montenegro Sáenz


domingo, 21 de mayo de 2017

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La presencia de Jesús llenaba la vida de los discípulos y de las mujeres que le seguían. Teniendo a Jesús con ellos nada podían temer. Por eso su ausencia sería el colmo de las desdichas. Si Jesús se marcha, los corazones se quedarían vacíos y el grupo no duraría nada. Presagiaban problemas y persecuciones. Si habían matado al Maestro…, también a ellos.

Para un cristiano Jesús es el TODO, lo único absoluto, eso que buscamos con más ahínco. Si nos faltara Jesús, nuestra fe no tendría sentido alguno. Seríamos huérfanos.

Jesús se despide de sus discípulos, pero trata de tranquilizarlos. Tiene que marchar al Padre, les dice, pero su ausencia será sólo relativa.

Les dice: En primer lugar, si conocierais al Padre, os alegraríais de que marchara a Él. Estar con el Padre es lo mejor para mí y para vosotros, porque conmigo tendréis los cielos abiertos para todo.

1.    En segundo lugar, él marcha, pero volverá para llevarnos con Él, mientras tanto va preparando un sitio para nosotros. “En la casa de mi Padre hay muchas estancias o muchos sitios”, les dice.

En tercer lugar, cuando vaya al Padre, Él con el Padre nos mandará un Defensor, el Espíritu Santo, que nos acompañará siempre. Y saldremos ganando, porque Él es la fuerza, el amor, la vida para todos, la luz y el gozo. 

Y en cuarto lugar, con la presencia del Espíritu Santo en nosotros, estaremos ya viviendo aquí y ahora la vida eterna, (consumada en el cielos, inicial aquí). 

 Obras son amores.- Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Esto es así porque obras son amores y no buenas razones. Afirmar que amamos a Dios y luego no cumplir con sus mandatos es un absurdo, algo que no tiene sentido, un contrasentido, una mentira. Lo enseña el Maestro en otra ocasión al decir que no el que dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino aquel que cumple con la voluntad de Dios.

Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. Jesús nos promete en este pasaje evangélico que pedirá por nosotros al Padre, a fin de que nos envíe el Espíritu Santo y sea nuestro defensor para siempre. En Pentecostés se cumpliría plenamente la gran promesa de Cristo.

Desde entonces el Espíritu de la Verdad está presente en la Iglesia, para asistirla e impulsarla, para hacer posible su pervivencia en medio de los avatares de la Historia. También está presente en el alma en gracia, llenándola con su luz y animándola con su fuego. Sí, el Espíritu sigue actuando, y si secundamos su acción en nosotros, será posible nuestra propia santificación.

No os dejaré desamparados, volveré. También estas son palabras textuales de Jesús en la última Cena, en aquella noche inolvidable de la Pascua. Hoy, después de tantos años, podemos comprobar que el Señor cumplió, y sigue cumpliendo, su palabra. Él está presente en medio de nosotros, nos perdona cuantas veces sean precisas, nos ayuda a olvidar nuestras penas, nos fortalece para no desalentarnos a pesar de los pesares. Nos favorece una y otra vez por medio de los sacramentos que la Iglesia administra con generosidad y constancia.

Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere. La razón de nuestra esperanza, de la que habla aquí el apóstol Pedro, es nuestra fe en Cristo resucitado. Esta nuestra esperanza debe dar fuerza y firmeza a nuestra fe en la resurrección de Cristo. 

Como nos dice también San Pedro debemos hablar y actuar siempre “con mansedumbre y  respeto y buena conciencia, para que en aquello mismo en que somos calumniados queden confundidos los que denigran nuestra buena conducta en Cristo”. 

Hoy, más que ayer, sabemos los cristianos que no todos los que nos vean y nos escuchen van a aceptar el mensaje de nuestra esperanza, sino que muchos nos denigrarán. Esto no debe desanimarnos, ni debilitar la firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza, porque, como también sigue diciéndonos el apóstol Pedro, “mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”.
P. Teodoro Baztán Basterra

sábado, 20 de mayo de 2017

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Señora de la Esperanza,
porque diste a la luz la Vida.

Señora de la Esperanza,
porque viviste la Muerte.

Señora de la Esperanza,
porque creíste en la Pascua,
porque palpaste la Pascua,
porque comiste la Pascua,
porque moriste en la Pascua,
porque eres Pascua en la Pascua.

 Mons. Pedro Casaldáliga

viernes, 19 de mayo de 2017

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Tras haber encomiado el Señor Jesús la caridad que nos ha mostrado muriendo por nosotros, y tras haber dicho: «Nadie tiene mayor dilección que ésta: que alguien deponga su alma por sus amigos», afirma: Vosotros sois amigos míos si hiciereis lo que yo os preceptúo (Jn15,13-14). ¡Gran dignación! Ha querido que, pues un siervo no puede ser bueno si no cumpliere los preceptos de su señor, se conozca a los amigos suyos en virtud de eso por lo que pueden acreditarse como siervos buenos. Pero, como he dicho, dignación es esto: que el Señor se digne llamar amigos suyos a esos respecto a quienes sabe que son siervos suyos. Por cierto —para que sepáis que al oficio de siervo pertenece cumplir los preceptos de su señor—, en otro lugar censura, evidentemente a los siervos, al decir: Por vuestra parte, ¿por qué me llamáis «Señor, Señor», mas no hacéis lo que digo? (Lc 6,46) Afirma: «Cuando, pues, decís «Señor», haciendo lo mandado mostrad qué decís». ¿O no va a decir él mismo al siervo obediente: ¡Bravo, siervo bueno! Porque fuiste leal en poco, te estableceré sobre mucho; entra el gozo de tu señor (Mt 25,21). Por tanto, puede ser siervo y amigo quien es siervo bueno.

Pero atendamos a lo que sigue: Ya no os llamo siervos, porque el siervo desconoce qué hace su señor (Jn 15,15). Porque dice: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo desconoce qué hace su señor», ¿cómo, pues, vamos a entender que el siervo bueno es siervo y amigo? Ha establecido el nombre de amigo, de forma que retira el de siervo, de modo que no permanezcan uno y otro en un único individuo, sino que al desaparecer uno lo sustituya el otro. ¿Qué significa esto? ¿Es que no seremos siervos precisamente cuando fuéremos buenos siervos? Mas ¿quién puede contradecir a la Verdad, que asevera: Ya no os llamo siervos? Además enseña por qué ha dicho esto: Porque el siervo, afirma, desconoce qué hace su señor. ¿Tal vez su señor no confía también sus secretos al siervo bueno y acreditado? ¿Qué significa, pues, lo que asevera: El siervo desconoce qué hace su señor? Sea; en verdad desconoce qué hace su señor; ¿tal vez desconoce también lo que preceptúa? De hecho, si desconoce aun esto, ¿cómo sirve o cómo es siervo quien no sirve? Y empero el Señor dice: Vosotros sois amigos míos si hiciereis lo que yo os preceptúo. Ya no os llamo siervos. ¡Oh cosa sorprendente! Pues no podemos servir si no cumpliéremos los preceptos del Señor, ¿cómo, cumpliendo sus preceptos, no seremos siervos? Si cumpliendo sus preceptos no soy siervo y no podré servir si no cumpliere sus preceptos, sirviendo no seré, pues, siervo.
Jo. ev. tr. 85, 1-2

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Ved qué ha respondido por su parte el Señor a los tardos. Vio que ellos no soportaban el esplendor de la verdad, y lo temperó con las palabras «¿Acaso no está escrito en vuestra Ley, esto es, dada a vosotros, que yo dije: “Sois dioses”»? (Jn 10,34) Mediante un profeta dice Dios en un salmo a los hombres: Yo dije «Sois dioses»(Sal 81,6). Y el Señor nominó en general «Ley» a todas las Escrituras, aunque en otra parte nombre especialmente la Ley para distinguirla de los Profetas, como es «La Ley y los Profetas, hasta Juan»(Lc 16,16), y «En estos dos preceptos se basan la Ley entera y los Profetas» (Mt 22,40). Además distribuye a veces las mismas Escrituras en tres partes cuando asevera: Era preciso que se cumpliera todo lo que en la Ley y en los Profetas y en los Salmos está escrito de mí (Lc 24,44). Pero ha designado con el nombre de Ley también a los Salmos, donde está escrito: Yo dije «Sois dioses». Si llamó dioses a esos a quienes aconteció la palabra de Dios, y la Escritura no puede ser destruida, de ese a quien el Padre santificó y envió al mundo ¿vosotros decís «que blasfemas», porque dije: Soy Hijo de Dios? (Jn 10,35-36) Si la palabra de Dios aconteció a los hombres de forma que los llamase dioses, ¿cómo no es Dios la Palabra de Dios misma, la cual existe en Dios? Si mediante la palabra de Dios devienen dioses los hombres, si participando son hechos dioses, esa de que participan ¿no es Dios? Si las luces iluminadas son dioses, la luz que ilumina ¿no es Dios? Si los calentados en cierto modo por el fuego salutífero son hechos dioses, ese que los calienta ¿no es Dios? Te acercas a la luz y eres iluminado y contado entre los hijos de Dios; si te alejas de la luz, te oscureces y eres computado entre las tinieblas; aquella Luz empero no se acerca a sí, porque no se aleja de sí. Si, pues, os hace dioses la Palabra de Dios, ¿cómo no es Dios la Palabra de Dios? El Padre, pues, santificó y envió al mundo a su Hijo. Quizá alguien diga: «Si el Padre lo santificó, ¿alguna vez, pues, no era santo?». Lo santificó así como lo engendró; en efecto, porque lo engendró santo, engendrándolo le dio que fuese santo. Por cierto, si lo que es santificado no era antes santo, ¿cómo decimos a Dios Padre: Santificado sea tu nombre? (Mt 6,9)

Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; si, en cambio, las hago, aun si no queréis creerme, creed a las obras para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí y yo en él (Jn 10,37-38). «El Padre está en mí y yo en él» lo dice el Hijo no como pueden decirlo los hombres. En efecto, si pensamos bien, estamos en Dios y, si vivimos bien, Dios está en nosotros: fieles que participan de su gracia, iluminados por él, estamos en él, y él mismo en nosotros. Pero no es así el Unigénito Hijo: él está en el Padre y el Padre en él como un igual en ese a quien es igual. Por eso, nosotros podemos decir a veces: «Estamos en Dios y Dios en nosotros»; ¿acaso podemos decir: «Yo y Dios somos una sola cosa»? Estás en Dios porque Dios te contiene; Dios está en ti porque has sido hecho templo de Dios; pero ¿acaso porque estás en Dios y Dios está en ti puedes decir «Quien me ve, ve a Dios», como dijo el Unigénito: «Quien me ha visto, ha visto también al Padre» (Jn 14,9), y: El Padre y yo somos una única cosa? Reconoce tú lo propio del Señor y la dádiva del siervo. Propio del Señor es la igualdad con el Padre; dádiva del siervo es la participación en el Salvador.

Buscaban, pues, aprehenderlo (Jn 10,39). ¡Ojalá lo aprehendieran, pero creyendo y entendiendo, no ensañándose y asesinando! Por cierto, hermanos míos, ahora mismo cuando pronuncio tales cosas —débil, cosas fuertes; pequeño, cosas grandes; frágil, cosas sólidas—, tanto vosotros, de idéntica masa, digamos, de la que provengo también yo, cuanto yo mismo que os hablo, todos a una queremos aprehender a Cristo. ¿Qué significa aprehender? Si has entendido, has aprehendido. Pero no así los judíos: tú has aprehendido para tener, ellos querían aprehender para no tener. Y, porque querían aprehenderlo así, ¿qué les hizo? Salió de las manos de ellos. No lo aprehendieron porque no tuvieron las manos de la fe. La Palabra se hizo carne, pero no era gran cosa para la Palabra arrancar de las manos de carne su carne. Aprehender la Palabra con la mente, esto es aprehender a Cristo correctamente.
In Joh 48, 9-11

jueves, 18 de mayo de 2017

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El Espíritu Santo es mi santificador, que se acerca a mí, a lo más íntimo, para derramar su santidad. Pero lo más íntimo es el corazón. En realidad la palabra corazón está muy desgastada, confundida con un romanticismo barato. Cuando decimos esta palabra pensamos en los sentimientos, pero el corazón es mucho más que las emociones y los afectos superficiales, es cosa seria. ¿A qué se refiere la Palabra de Dios cuando habla del corazón? No olvidemos que es el mismo Dios el que nos prometió: "les daré un corazón nuevo" (Ezequiel 36,26).

El corazón son esas intenciones más escondidas, las decisiones ocultas que no compartimos con nadie, los verdaderos proyectos que nos movilizan, lo que en realidad andamos buscando cuando decimos cosas, cuando tomamos decisiones. Allí quiere entrar el Espíritu Santo para transformarnos. Allí quiere derramarse para que todas nuestras decisiones profundas sean buenas y sanas. Pero sólo puede entrar poco a poco, en la medida en que se lo permitimos realmente. Porque a veces lo invocamos de la boca para afuera, pero hay una parte nuestra donde en el fondo no queremos que toque algunas cosas; creemos que allí estamos mejor solos. Es falso. Allí también lo necesitamos a él para poder ser realmente felices.

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Un pensamiento diario de San Agustín de Hipona

"La crucifixión siempre se vive"
La crucifixión es algo que debe continuar por toda la vida, no sólo durante 40 días, aunque Moisés, Elías y Cristo ayunaron por 40 días. Debemos aprender de ellos a no permanecer apagados a este mundo e imitarlo, sino a clavar nuestro yo aún no regenerado sobre la cruz.
(Sermones 205,1)
Oración - Señor, te damos gracias por tu misericordia. Quisiste morir de tal forma que alguno resucitara de entre los muertos. Y no ninguno sino alguno, la Verdad, resucitó de entre los muertos.    (Enarraciones sobre el salmo 147,17)
P. José Luis Alonso Manzanedo.