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jueves, 29 de junio de 2017

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REFLEXIÓN

¡Jesucristo crucificado! ¡San Pedro muerto también en la cruz! ¡San Pablo degollado! ¿Qué dicen a tu corazón estos adorables testigos de la verdad evangélica? ¿Quién  podrá mirarlos y osará  decir que nos engañaron? Para persuadir a los hombres la divinidad de su doctrina resucitaron muertos y para que nadie pudiera sospechar siquiera que nos engañaban, se dejaron matar como mansísimos corderos. ¡Ay de aquellos, que con los lazos de sus malas pasiones tienen aprisionad la verdad de Dios tan clara y manifiesta a los sabbios e ignorantes! 


                        ORACIÓN
Oh Dios que consagraste este día con el martirio de tus apóstoles Pedro y Pablo; concede a tu Iglesia la gracia de seguir en todo la doctrina de aquellos a quienes debió su principio y fundamento de la Religión cristiana. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Fuente:FLOS SANCTORUM
EINSIEDELN, SUIZA.

miércoles, 28 de junio de 2017

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        ¿Cuántos millones de personas viven encadenadas a diversos tipos de drogas?

        No es fácil dar respuesta a esa pregunta. En parte, porque existen diversos tipos de drogas, así como otras sustancias que no son conocidas como drogas pero que dañan y encadenan a millones de personas. En parte, porque el mundo de la droga se mueve en zonas oscuras, en la clandestinidad, por lo que resulta muy difícil conseguir cifras exactas sobre la situación. En parte, porque la droga no sólo afecta a los “usuarios”, sino a sus familiares y a personas más o menos cercanas a los mismos.

        Podemos observar, como punto de referencia, algunas estadísticas recientes. En el informe mundial sobre la droga hecho público por las Naciones Unidas en el año 2001 se hablaba de 180 millones de usuarios de drogas en todo el mundo. En el año 2007 la cifra de usuarios de drogas (referida a los años 2005-2006) llegaba a 200 millones de personas. Las estadísticas sobre el consumo mundial de drogas dadas a conocer por las Naciones Unidas en el año 2010, referidas al año anterior, daban un margen de variación entre los 155 y los 250 millones de personas que usaban drogas ilícitas.

        Se trata de cifras aproximativas, que no recogen toda la realidad del fenómeno. Detrás de esas cifras hay personas con nombres y apellidos, con una historia a sus espaldas, con un presente más o menos claro, con un futuro incierto.

        Algunos esclavos de la droga entraron en el túnel de la dependencia cuando eran niños, quizá engañados por otros o simplemente tras la presión del grupo de amigos que invitaban a probar algo nuevo. Otros se “enganchan” en la adolescencia o la juventud, por motivos parecidos a los ya indicados o tal vez por el deseo de acceder a experiencias más intensas y placenteras. Otros tenían una disposición física que les facilitaba sumergirse en el mundo de las dependencias: bastó con que una vez probasen una droga (también de las “legales”) para que el organismo reaccionase de modo desordenado.

        Independientemente de las causas del inicio de la drogadicción, es importante reconocer que los esclavos de las drogas no son simples números, sino hombres y mujeres que tienen un corazón como los demás, un alma con la que pueden pensar y amar, un destino eterno que les permite mirar al horizonte de lo que existe tras la muerte.

        Cada uno de ellos sufre ahora una situación de mayor o menor precariedad, al depender física o psíquicamente de sustancias sin las cuales consideran que no pueden vivir. Algún día pueden reconocer su estado y pedir ayuda (médica, psicológica, espiritual), o abrir la mente a los consejos de familiares y amigos que les invitan a dar pasos concretos para liberarse de un mundo destructivo.

        En el camino hacia la libertad, puede ser de gran ayuda reconocer lo que hace años explicaba un documento de la Iglesia: “La droga no es el problema principal del toxicodependiente. El consumo de droga es sólo una respuesta falaz a la falta de sentido positivo de la vida” (Pontificio Consejo para la Familia, “De la desesperación a la esperanza. Familia y toxicodependencia”, 1992).

        En otras palabras, en la búsqueda de caminos para prevenir el fenómeno de la drogadicción, y en el esfuerzo por ofrecer ayuda a quienes han sido atrapados por las diversas formas de dependencia, hay que promover una visión en la que la vida humana desvele toda su belleza y su sentido profundo. Tal visión no puede prescindir del horizonte religioso, pues la dignidad de cada hombre, de cada mujer, radica en la relación intrínseca que tenemos con Dios en cuanto origen y meta de nuestro existir terreno.

        Sólo así será posible superar el vacío existencial que nace desde la idolatría del placer y de la autocomplacencia para abrirnos al horizonte en el que Dios y los demás se convierten en el verdadero centro del propio camino humano.

martes, 27 de junio de 2017

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VATICANO, 18 Jun. 17 / 01:00 pm (ACI).- El Papa Francisco presidió esta tarde en el exterior de la Basílica de San Juan de Letrán la Misa por la Solemnidad del Corpus Christi, en la que dijo que la Eucaristía es el sacramento de la memoria que nos recuerda la historia del amor de Dios por nosotros.

En la solemnidad del Corpus Christi aparece una y otra vez el tema de la memoria: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer […]. No olvides al Señor, […] que te alimentó en el desierto con un maná» (Dt 8,2.14.16) -dijo Moisés al pueblo-. «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24) -dirá Jesús a nosotros-. El «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51) es el sacramento de la memoria que nos recuerda, de manera real y tangible, la historia del amor de Dios por nosotros.

Recuerda, nos dice hoy la Palabra divina a cada uno de nosotros. El recuerdo de las obras del Señor ha hecho que el pueblo en el desierto caminase con más determinación; nuestra historia personal de salvación se funda en el recuerdo de lo que el Señor ha hecho por nosotros. Recordar es esencial para la fe, como el agua para una planta: así como una planta no puede permanecer con vida y dar fruto sin ella, tampoco la fe si no se sacia de la memoria de lo que el Señor ha hecho por nosotros.

Recuerda. La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, re-cordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar. Sin embargo esta facultad única, que el Señor nos ha dado, está hoy más bien debilitada. En el frenesí en el que estamos inmersos, son muchas personas y acontecimientos que parecen como si pasaran por nuestra vida sin dejar rastro. Se pasa página rápidamente, hambrientos de novedad, pero pobres de recuerdos. Así, eliminando los recuerdos y viviendo al instante, se corre el peligro de permanecer en lo superficial, en la moda del momento, sin ir al fondo, sin esa dimensión que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Entonces la vida exterior se fragmenta y la interior se vuelve inerte.

En cambio, la solemnidad de hoy nos recuerda que, en la fragmentación de la vida, el Señor sale a nuestro encuentro con una fragilidad amorosa que es la Eucaristía. En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios. Ahí «se celebra el memorial de su pasión»  (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona al Magníficat de las II Vísperas), del amor de Dios por nosotros, que es nuestra fuerza, el apoyo para nuestro caminar.

Por eso, nos hace tanto bien el memorial eucarístico: no es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de Dios. En la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu. Recibiéndola, se imprime en nuestro corazón la certeza de ser amados por él. Y mientras digo esto, pienso de modo particular en vosotros, niños y niñas, que hace poco habéis recibido la Primera Comunión y que estáis aquí presentes en gran número.

Así la Eucaristía forma en nosotros una memoria agradecida, porque nos reconocemos hijos amados y saciados por el Padre; una memoria libre, porque el amor de Jesús, su perdón, sana las heridas del pasado y nos mitiga el recuerdo de las injusticias sufridas e infligidas; una memoria paciente, porque en medio de la adversidad sabemos que el Espíritu de Jesús permanece en nosotros. La Eucaristía nos anima: incluso en el camino más accidentado no estamos solos, el Señor no se olvida de nosotros y cada vez que vamos a él nos conforta con amor.

La Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia (cf. Ex 16), así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros. La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo. Nos lo ha recordado san Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17).

La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su «ADN espiritual», la construcción de la unidad. Que este Pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias y chismorreos calumniadores.

Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad.
Roma, domingo 18 de junio de 2017

lunes, 26 de junio de 2017

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  Cuando en mis manos, Rey Eterno,
os miro y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto,
y la piedad de vuestro pecho admiro.

Tal vez el alma con temor retiro,
tal vez la doy al amoroso llanto;
que arrepentido de ofenderos tanto,
con ansías temo y con dolor suspiro.

Volved los ojos a mirarme humanos;
que por las sendas de mi error siniestras
me despeñaron pensamientos vanos.

No sean tantas las miserias nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
vos le dejéis de las divinas vuestras.

 Lope de Vega


domingo, 25 de junio de 2017

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Cuando fue elegido Papa Juan Pablo II las primeras palabras que pronunció al aparecer ante la multitud reunida en la plaza de San Pedro fueron Éstas: “No tengáis miedo”. Y estas mismas palabras las pronunció muchas veces a lo largo de su vida. Se refería, claro está, a ser verdaderos testigos de Cristo, valientes y decididos, con mucho respeto a quienes no comparten nuestra fe, pero sin ocultarla. A dar la cara y manifestarse como cristianos siempre y en todo. 

Voy a decir algo que, sin duda alguna, puede sorprender. Digo: El miedo no es cristiano. Pero matizo: Es muy humano tener miedo. Miedo a la enfermedad, miedo a la muerte, miedo a un fracaso económico, miedo a alguien que nos puede hacer algún daño grave, miedo al futuro, miedo… El mismo Cristo, humano que era, tuvo miedo a morir. Tanto que en el huerto de Getsemaní le pedía al Padre que le quietara ese cáliz, el cáliz de la pasión y muerte. Pero, lleno del Espíritu, se repuso y se entregó voluntariamente a una muerte terrible, pero redentora. Dijo: Que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y el miedo desapareció, recobró la paz y se armó de valor.

El creyente, el seguidor de Jesús, está llamado a ir superando muchos miedos. ¿Todos? Cada cual verá. El miedo a la muerte se supera si, por la fe en Jesús, sabemos y estamos convencidos, de que la muerte nos facilita el paso a la vida definitiva. El miedo a la en-fermedad, aunque fuera larga y penosa, se supera en gran manera si experimentamos en ella la presencia de un Dios Padre, compasivo y misericordioso, muy presente en nuestro dolor y en nuestros padecimientos.

Pero Jesús no habla en este evangelio del miedo en general a lo malo que pudiera acon-tecernos. Hay que tomar sus palabras en su propio contexto. ¿Y cuál era ese contexto? Este fragmento del evangelio forma parte de las instrucciones que Jesús dio a sus discí-pulos para la primera misión que les encomendaba. Les encomienda una misión muy di-fícil. Los envía como corderos en medio de lobos. Serán perseguidos, incomprendidos, marginados, etc. Y les dice: “No tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. 

Entonces y ahora los cristianos han sido y son perseguidos y martirizados. Repito: Tam-bién ahora. Hoy día la Iglesia es perseguida en muchos lugares del mundo. A todos nos impresiona lo que está pasando en Siria, en el oriente medio y en el norte de África. Un número ingente de mártires muere por vivir y defender su fe. El texto de hoy quiere dar ánimo a los que se sienten perseguidos por su fe, infundiendo en el discípulo ilusión y esperanza contra toda esperanza.

Incluso, aunque no nos persigan ni martiricen, aunque no nos maten por ser cristianos, nos pueden marginar, burlarse de nosotros, ridiculizar a la Iglesia, legislar en contra de ella. Somos, o podemos ser, ser en cierta manera perseguidos. Es una persecución muy sutil, pero clara y patente. No es fácil ser cristianos en estos tiempos, mucho menos en muchos países del occidente, donde se implantó la fe casi desde los primeros tiempos. 

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, nos dice hoy Jesús. Un ejemplo son los mártires: no temían al verdugo e iban a la muerte hasta con alegría. Afortunadamente, tenemos muchos ejemplos de personas que han hecho de su confianza en Dios un arma maravillosa que les permitió vencer espiritualmente todas las amenazas y males del cuerpo. Empezando, por supuesto, por el mismo nuestro Señor Jesucristo y siguiendo por tantos santos y personas anónimas que supieron mantener la paz en medio de los mayores males y amenazas físicas. 

Pensemos cada uno de nosotros en aquellas personas conocidas nuestras, padres, abue-los, familiares, que física y corporalmente sufrieron mucho, pero que interiormente no perdieron nunca la  paz interior, gracias a su profunda confianza en Dios. No debemos ocultar nada nuestra fe, ni mantener demasiadas reservas y mucho menos construirnos "dobles vidas". El miedo es muy muy humano, pero la fuerza de la fe, la vida de la gra-cia, la esperanza en Cristo, que es nuestra vida, nos libera de muchos de nuestros temores.

El evangelio incide también en la necesidad --es una obligación-- de dar testimonio de Jesús sin paliativos. Si le negamos, Él nos negará ante el Padre. Pero hemos de dar el testimonio preciso, claro y oportuno. Parafraseando a San Pablo diríamos que no pode-mos dejar de predicar el nombre de Jesús y el de su Santa Iglesia.
P. Teodoro Baztán Basterra

sábado, 24 de junio de 2017

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    IV

   Una hoja de cielo ha rosado mis labios
dejándome la paz y la sonrisa.
Crepúsculo que en mi alma
gotea recuerdos como un vidrio herido por el sol,
como la noche colgada
en los ojos de un niño dormido.

    Canta mi vida
porque he llegado al altar y he sorbido
un latido de Dios:
he besado las manos de Cristo.

Jisanz

viernes, 23 de junio de 2017

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III

Soy otro Moisés. Están en guerra
mis hermanos, Señor; son sus gemidos;
oye su corazón y sus latidos
y los pasos que cruzan por la tierra.

      Vengo a poner la paz a que se aferra
la esperanza a brazos extendidos;
escucha la llamada: están perdidos
por entre la espesura de la sierra.

      Traigo todo el cansancio en esta popa,
traigo todo el dolor en este pecho,
traigo toda la sed en esta copa.

     Y en este cáliz que mi mano eleva
espero el gran milagro que en mi has hecho
para que el mundo de Tu Sangre beba.

Jisanz