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lunes, 24 de abril de 2017

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Sabemos, hermanos, y retenemos con fe inquebrantable que Cristo murió una sola vez por nosotros (1P 3,18); el justo por los pecadores, el señor por los siervos, el libre por los cautivos, el médico por los enfermos, el dichoso por los desdichados, el rico por los pobres, el que los busca por los perdidos, el redentor por los vendidos, el pastor por el rebaño y, lo más maravilloso de todo, el creador por la criatura. Mantuvo lo que es desde siempre, entregó lo que en él había sido hecho; Dios oculto, hombre visible; dador de vida por su poder, entregado a la muerte por su debilidad; inmutable en su divinidad, pasible en su carne. Como dice el Apóstol: Quien fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Rm 4,25). Sabéis perfectamente que eso tuvo lugar una sola vez. Con todo, como si tuviera lugar más veces, esta fiesta solemne repite cada cierto tiempo lo que la verdad proclama, mediante tantas palabras de la Escritura, que se dio una sola vez. Pero no se contradicen la realidad y la solemnidad, como si ésta mintiese y aquélla dijese la verdad. Lo que la realidad indica que tuvo lugar una sola vez, eso mismo renueva la solemnidad para que lo celebren con repetida frecuencia los corazones piadosos. La realidad descubre lo que sucedió tal como sucedió; la solemnidad, en cambio, no permite que se olviden ni siquiera las cosas pasadas, no realizándolas, sino celebrándolas. Así, pues, Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado (1Co 5,7). Ciertamente murió una sola vez él que ya no muere y sobre quien la muerte ya no tiene dominio (Rm 6,9). Por tanto, según proclama la realidad, decimos que la Pascua tuvo lugar una sola vez y que no va a volver a darse; según proclama la solemnidad, en cambio, cada año decimos que la Pascua ha de llegar. Así pienso que ha de entenderse lo que está escrito en el salmo: El pensamiento del hombre te confesará y el resto del pensamiento te celebrará un día festivo (Sal 75,11). Si el pensamiento no confiase a la memoria lo que se refiere a las cosas realizadas en el tiempo, no hallaría ni rastro de ellas después de realizadas. Por eso, el pensamiento del hombre, al contemplar la verdad, confiesa al Señor; en cambio, el resto de su pensamiento que se encuentra en la memoria no cesa de celebrar en las fechas establecidas las solemnidades para que el pensamiento no sea tachado de ingrato. A esto se refiere la solemnidad tan resplandeciente de esta noche, en la que, manteniéndonos en vela, en cierto modo actuamos, mediante el resto del pensamiento, la resurrección del Señor, que, mediante el pensamiento, confesamos con mayor verdad que tuvo lugar una sola vez. A quienes hizo doctos la realidad anunciada, no debe hacerlos irreligiosos el desertar de la solemnidad. Esta solemnidad hizo resplandecer en el mundo entero a esta noche; esta solemnidad manifiesta la multitud de pueblos cristianos; esta solemnidad confunde las tinieblas de los judíos y derriba los ídolos de los paganos.
S 220

domingo, 23 de abril de 2017

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De nuevo hoy, “a los ocho días”, nos volvemos a reunir como comunidad cristiana para celebrar la presencia de Jesús resucitado entre nosotros. El Señor Resucitado atraviesa nuestros miedos y nuestras puertas cerradas para traernos su paz y su alegría. 

Y este día Jesús se hace presente de manera especial en la Eucaristía que celebramos juntos. Y nos vuelve a regalar su Espíritu Santo, un Espíritu que nos hace hermanos, que nos hace comunidad, Iglesia, que nos propone relacionarnos entre nosotros desde otras claves, desde la fraternidad y el perdón. 

El perdón, fruto del Espíritu, fruto del amor, es el distintivo de la comunidad, es el que hace que el otro no sea un extraño, sino un hermano. 

Jesús produce una auténtica transformación en aquel grupo de discípulos, encerrados por miedo a acabar como su maestro. Y les da el don del Espíritu Santo para que entiendan todo lo que les ha estado explicando durante tres años. Y también les encomienda la tarea de perdonar, en su nombre, los pecados de todas las personas, y reconciliar a toda la humanidad con Dios, que es Padre de todos.

Pero hay uno de ellos que no está con los demás, que no ha vivido todo lo anterior y que duda, porque no ve ni experimenta. Jesús les transmite a sus discípulos la importancia de vivir la fe dentro de la comunidad, para poder creer con más fuerza. 

No basta con la fe personal, a veces vienen las dudas y es necesario apoyarse en los hermanos para seguir buscando, para seguir caminando. La comunidad fortalece la fe.

Los discípulos se vuelven a reunir al domingo siguiente. Desde ese momento, el domingo siempre será día de reunión de los cristianos, en torno al resucitado. Esta vez sí que está Tomas, al que Jesús se dirige de manera especial, para que no sea incrédulo, sino creyente. Tomás hace una confesión de fe única en todo el Evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. A partir de ese momento no volverá a dudar, sino que reconocerá en Jesús al mismo Dios.

La comunidad ya está formada. Ahora hay que empezar a caminar. Hace falta “pensar y sentir” en comunidad, y también “poseer” en común. Nace la comunión cristiana de bienes, para que ninguno de la comunidad pase necesidad. Desde ahora, los bienes materiales, el dinero y las demás posesiones han de servir para unir a los hermanos, no para dividirlos. Desde ese momento, el testimonio de los cristianos ha de ser una humanidad nueva, una nueva manera de vivir, a la luz del Resucitado.

“A los ocho días” será el momento de encontrarse. La Pascua ya no se celebrará una vez al año, porque cada domingo es Pascua, cada domingo se celebrará la resurrección, con la comunidad reunida, con los hermanos en comunión de vida y acción. La Iglesia se reúne cada domingo convocada por el Espíritu para encontrarse con el Resucitado y celebrar la Eucaristía. Cada vez que comemos de este pan, celebramos la Pascua del Señor, su resurrección. Cada vez que celebramos la Eucaristía anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección, en la espera de su venida definitiva.
Cada domingo, el Señor Resucitado quiere entrar en nuestro corazón, cerrado por el miedo, para traernos su paz y su alegría. Cada domingo, el Espíritu Santo nos convoca para reunirnos como comunidad cristiana, como comunidad de hermanos, y poner en común lo que somos y lo que tenemos. Cada domingo, la Iglesia, la comunidad reunida, es el signo de la presencia del Resucitado en medio de nosotros. 

Que esta Buena Noticia que celebramos cada domingo no nos la guardemos para nosotros, sino que, como decía el evangelista San Juan, “todo esto se ha escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”. Anunciemos, también a los que no creen, que el Señor ha resucitado.
 P. Teodoro Baztán Basterra, OAR

lunes, 17 de abril de 2017

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Primera Estación

JESÚS, RESUCITADO CONQUISTA LA VIDA VERDADERA

Pasado el sábado, ya para amanecer el día primero de la semana, vino María Magdalena con la otra María a ver el sepulcro.
Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y acercándose removió la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella.
Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve.
De miedo de él temblaron los guardias y se quedaron como muertos.
El ángel, dirigiéndose a las mujeres, dijo: No temáis vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el crucificado.
No está aquí; ha resucitado, según lo había dicho. Venid y ved el sitio donde fue puesto. (Mt 28, 1-6)

Gracias, Señor, porque al romper la piedra de tu sepulcro
nos trajiste en las manos la vida verdadera,
no sólo un trozo más de esto que los hombres llamamos vida,
sino la inextinguible,
la zarza ardiendo que no se consume,
la misma vida que vive Dios.
Gracias por este gozo,
gracias por esta Gracia,
gracias por esta vida eterna que nos hace inmortales,
gracias porque al resucitar inauguraste
la nueva humanidad
y nos pusiste en las manos estas vida multiplicada,
este milagro de ser hombres y más,
esta alegría de sabernos partícipes de tu triunfo,
este sentirnos y ser hijos y miembros
de tu cuerpo de hombre y Dios resucitado.

Segunda Estación
SU SEPULCRO VACÍO MUESTRA QUE JESÚS HA VENCIDO A LA MUERTE

Muy de madrugada, el primer día después del sábado, en cuanto salió el sol, vinieron al monumento.
Se decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del monumento?
Y mirando, vieron que la piedra estaba removida; era muy grande.
Entrando en el monumento, vieron un joven sentado a la derecha, vestido de una túnica blanca, y quedaron sobrecogidas de espanto.
Él les dijo: No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el sitio en que le pusieron. (Mc 16, 2-6)

Hoy, al resucitar, dejaste tu sepulcro
abierto como una enorme boca, que grita
que has vencido a la muerte.
Ella, que hasta ayer era la reina de este mundo,
a quien se sometían los pobres y los ricos,
se bate hoy en triste retirada
vencida por tu mano de muerto-vencedor.
¿Cómo podrían aprisionar tu fuerza
unos metros de tierra?
Alzaste tu cuerpo de la fosa como se alza una llama,
como el sol se levanta tras los montes del mundo,
y se quedó la muerte muerta,
amordazada la invencible,
destruido por siempre su terrible dominio.
El sepulcro es la prueba:
nadie ni nada encadena tu alma desbordante de vida
y esta tumba vacía muestra ahora
que tú eres un Dios de vivos y no un Dios de muertos.

Tercera Estación 
JESÚS, BAJANDO A LOS INFIERNOS, MUESTRA EL TRIUNFO DE SU RESURRECCIÓN

Porque también Cristo murió una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu y en él fue a pregonar a los espíritus que estaban en la prisión.(1 Pe 3, 18)

Más no resucitaste para ti solo.
Tu vida era contagiosa y querías
repartir entre todos
el pan bendito de tu resurrección.
Por eso descendiste hasta el seño de Abrahán,
para dar a los muertos de mil generaciones
la caliente limosna de tu vida recién conquistada.
Y los antiguos patriarcas y profetas
que te esperaban desde siglos y siglos
se pusieron de pie y te aclamaron, diciendo:
<<Santo, Santo, Santo
Digno es el cordero que con su muerte nos infunde vida,
que con su vida nueva nos salva de la muerte.
Y cien mil veces santo
es este Salvador que se salva y nos salva.>>
Y tendieron sus manos
brotó este nuevo milagro
de la multiplicación de la sangre y de la vida.

Cuarta Estación   
JESÚS RESUCITA POR LA FE EN EL ALMA DE MARÍA 

E Isabel se llenó del Espíritu Santo, y clamó con fuerte voz: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el

fruto de tu vientre!
¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?
Porque así que sonó la voz de tu salutación en mis oídos, exultó de gozo el niño de mi seno.
Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor.
Dijo María: Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador,
porque ha mirado la humildad de su sierva; por eso todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo. (Luc 1, 41-49)

No sabemos si aquella mañana del domingo
visitaste a tu Madre,
pero estamos seguros de que resucitaste
en ella y para ella,
que ella bebió a grandes sorbos el agua de tu resurrección,
que nadie como ella se alegró con tu gozo
y que tu dulce presencia fue quitando
uno a uno los cuchillos
que traspasaban su alma de mujer.
No sabemos si te vio con sus ojos,
mas sí que te abrazó con los brazos del alma,
que te vio con los cinco sentidos de su fe.
Ah, si nosotros supiéramos gustar una centésima de su gozo.
Ah, si  aprendiésemos a resucitar en ti como ella.
Ah, si nuestro corazón estuviera tan abierto como estuvo
el de María aquella mañana del domingo.

Quinta Estación   
JESÚS ELIGE A UNA MUJER COMO APÓSTOL DE SUS APÓSTOLES

María se quedó junto al monumento, fuera, llorando. Mientras lloraba se inclinó hacia el monumento,
y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús.
Le dijeron: ¿Por qué lloras, mujer? Ella les dijo: porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.
Diciendo esto, se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba allí, pero no conoció que fuera Jesús.
Díjole Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: Señor, si les has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo le tomaré.
Díjole Jesús: ¡María! Ella,  volviéndose, le dijo en hebreo: <<¡Rabboni!>>, que quiere decir Maestro.
Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a Vuestro Dios.
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: <<He visto al Señor>>, y las cosas que le había dicho. (Jn 20, 11-18)

Lo mismo que María Magdalena decimos hoy nosotros:
<<Me han quitado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.>>
Marchamos por el mundo y no encontramos nada en qué poner
los ojos,
nadie en quien podamos poner entero nuestro corazón.
Desde que tú te fuiste nos han quitado el alma
y no sabemos dónde apoyar nuestra esperanza,
ni encontrarnos una sola alegría que no tenga venenos.
¿Dónde estas? ¡Dónde fuiste, jardinero del alma,
en qué sepulcro, en qué jardín te escondes?
¿O es que tú estás delante de nuestros mismos ojos
y no sabemos verte?
¿estás en los hermanos y no te conocemos?
¿Te ocultas en los pobres, resucitas en ellos
y nosotros pasamos a su lado sin reconocerte?
Llámame por mi nombre para que yo te vea,
para que reconozca la voz con que hace años
me llamaste a la vida en el bautismo,
para que redescubra que tú eres mi maestro.
Y envíame de nuevo a transmitir de nuevo tu gozo a mis hermanos,
hazme apóstol de apóstoles
como aquella mujer privilegiada
que, porque te amó tanto,
conoció el privilegio de beber la primera
el primer sorbo de tu resurrección


 Sexta Estación 
 JESÚS DEVUELVE LA ESPERANZA A DOS DISCÍPULOS DESANIMADOS
   

El mismo día, dos de ellos iban a una aldea, que dista de Jerusalén sesenta estadios, llamada Emaús, y hablaban entre sí de todos esos acontecimientos.
Mientras iban hablando y razonando, el mismo Jesús se les acercó e iba con ellos, pero sus ojos no podían reconocerle.
Y les dijo: ¿Qué discursos son estos que vais haciendo entre vosotros mientras camináis? Ellos se detuvieron entristecidos, y tomando la palabra uno de ellos, por nombre Cleofás, le dijo: ¿eres tú el único forastero en Jerusalén que no conoce los sucesos en ella ocurridos estos días?
El les dijo: ¿Cuáles? Contestáronle: lo de Jesús Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo le entregaron los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados para que fuese condenado a muerte y crucificado.
Nosotros esperábamos que sería él quien rescataría a Israel; mas, con todo, van ya tres días desde que esto ha sucedido. Nos dejaron estufefactos ciertas mujeres de las nuestras que, yendo de madrugada al monumento, no encontraron su cuerpo, y vinieron diciendo que había tenido una visión de ángeles que les dijeron que vivía. Algunos de los nuestros fueron al monumento y hallaron las cosas como las mujeres decían, pero a él no le vieron. Y él les dijo: ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas!
¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?
Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarando cuanto a él se refería en todas las Escrituras.
Se acercaron a la aldea adonde iban, y él fingió seguir adelante.
Obligáronle diciéndole: Quédate con nosotros, pues el día ya declina. Y entró para quedarse con ellos. Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.
Se les abrieron los ojos y le reconocieron, y despareció de su presencia. (Lc 24, 13-31)

Lo mismo que los dos de Emaús aquel día
también yo marcho ahora decepcionado y triste
pensando que en el mundo todo es muy fuerte y fracaso.
El dolor es más fuerte que yo,
me acogota la soledad y digo
que tú, Señor, nos has abandonado.
Si leo tus palabras me resultaron insípidas,
si miro a mis hermanos me parecen hostiles,
si examino el futuro sólo veo desgracias.
Estoy desanimado. Pienso que la fe es un fracaso,
que he perdido mi tiempo siguiéndote y buscándote
y hasta me parece que triunfan y viven más alegres
los que adoran el dulce becerro del dinero y del vicio.
Me alejo de tu cruz, busco el descanso en mi casa de olvidos,
Dispuesto a alimentarse desde hoy en las viñas de la mediocridad.
No he perdido la fe, pero sí la esperanza,
sí el coraje de seguir apostando por ti.
¿Y no podrías salir hoy al camino
y pasear conmigo como aquella mañana con los dos de Emaús?
¿No podrías descubrirme el secreto de tu santa Palabra
y conseguir que vuelva a calentar mi entraña?
¿No podrías quedarte a dormir con nosotros
y hacer que descubramos tu presencia en el Pan?

Séptima Estación   
 JESÚS MUESTRA A LOS SUYOS  SU CARNE HERIDA Y VENCEDORA

Pasados ocho días, otra vez estaban dentro los discípulos, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas y, puesto en medio de ellos, dijo: La paz sea con vosotros.
Luego dijo a Tomás : Alarga acá tu dedo y mira mis manos, y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel.
Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron.
Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro;
y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre. (Jn 20, 26-31)

Gracias, Señor, porque resucitaste no sólo con tu alma,
mas también con tu carne.
Gracias porque quisiste regresar de la muerte
trayendo tus heridas.
Gracias porque dejaste a Tomás que pusiera
su mano en tu costado
y comprobara que el Resucitado
es exactamente el mismo que murió en una cruz.
Gracias por explicarnos que el dolor nunca puede
amordazar el alma
y que cuando sufrimos estamos también resucitando.
Gracias por ser un Dios que ha aceptado la sangre,
gracias por no avergonzarte de tus manos heridas,
gracias por ser un hombre entero y verdadero.
Ahora sabemos que eres uno de nosotros sin dejar de ser Dios,
ahora entendemos que el dolor no es un fallo de tus manos creadoras,
ahora que tú lo has hecho tuyo
comprendemos que el llanto y las heridas
son compatibles con la resurrección.
Déjame que te diga que me siento orgulloso
de tus manos heridas de Dios y hermano nuestro.
Deja que entre tus manos crucificadas ponga
estas manos maltrechas de mi oficio de hombre.

Octava Estación  
CON SU CUERPO GLORIOSO, JESÚS EXPLICA QUE TAMBIÉN LOS NUESTROS RESUCITARÁN

Mientras esto hablaban, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros.
Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
El les dijo: ¿Por qué os turbáis y por qué suben a vuestro corazón esos pensamientos? Ved mis manos y mis pies, que soy yo. Palpadme y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Diciendo esto, les mostró las manos y los pies.
No creyendo aún ellos, en fuerza del gozo y de la admiración, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer?
Le dieron un trozo de pez asado,
Y tomándolo, comió delante de ellos. (Lc 24, 36-43)

<<Miradme bien. Tocadme. Comprobad. Comprobad que no soy un fantasma>>, 
decías a los tuyos temiendo que creyeran
que tu resurrección era tan sólo un símbolo,
una dulce metáfora, una ilusión hermosa para seguir viviendo.
Era tan grande el gozo de reencontrarte vivo
que no podían creerlo; no cabía en sus pobres cabezas
que entendían de llantos, pero no de alegrías.
El hombre, ya lo sabes, es incapaz de muchas esperanzas.
Como él tiene el corazón pequeño
cree que el tuyo es tacaño.
Como te ama tan poco
no puede sospechar que tú puedas amarle.
Como vive amasando pedacitos de tiempo
siente vértigo ante la eternidad.
Y así va por el mundo arrastrando su carne
sin  sospechar que pueda ser una carne eterna.
Conoce el pudridero donde mueren los muertos;
no logra imaginarse el día en que esos muertos volverán a ser niños,
con una infancia eterna.
¡Muéstranos bien tu cuerpo, Cristo vivo,
enséñanos ahora la verdadera infancia,
la que tú preparas más allá de la muerte!

Novena Estación
JESÚS BAUTIZA A LOS APÓSTOLES CONTRA EL MIEDO
    

La tarde del primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban los
discípulos por temor a los judíos, vino Jesús y, puesto en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros.
Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron viendo al Señor.
Díjoles otra vez: La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío yo.
Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. (Jn 20, 19-31)

Han pasado, Señor, ya veinte siglos de tu resurrección y todavía
no hemos perdido el miedo,
aún no estamos seguros, aún tememos
que las puertas del infierno podrían algún día
prevalecer si no contra tu Iglesia, sí contra nuestro pobre corazón de cristianos.
Aún vivimos mirando a todos lados
menos hacia tu cielo.
Aún creemos que el mal será más fuerte que tu propia Palabra.
Todavía no estamos convencidos
de que tú hayas vencido al dolor y a la muerte.
Seguimos vacilando, dudando, caminando entre preguntas,
amasando angustias y tristezas.
Repítenos de nuevo que tú dejaste paz suficiente para todos.
Pon tu mano en mi hombro y grítame: No temas, no temáis.
Infúndeme tu luz y tu certeza,
danos el gozo de ser tuyos,
inúndanos de la alegría de tu corazón.
Haznos, Señor, testigos de tu gozo.
¡Y que el mundo descubra lo que es creer en ti!

 Décima Estación 
 JESÚS ANUNCIA QUE SEGUIRÁ SIEMPRE CON NOSOTROS
   

Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado, y, viéndole, se
postraron, aunque algunos vacilaron, y acercándose Jesús, les dijo... Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo. (Mt 28, 16-20)

<<Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos.>>
Esta fue la más grande de todas tus promesas,
el más jubilosos de todos tus anuncios.
¿O acaso tú podrías visitar esta tierra
como un sonriente turista de los cielos,
pasar a nuestro lado, ponernos la mano sobre el hombro,
darnos buenos consejos
y regresar después a tu seguro cielo
dejando a tus hermanos sufrir en la estacada?
¿Podrías venir a nuestros llantos de visita
sin enterrarte en ellos? ¿Dejarnos luego solos, limitándote
a ser un inspector de nuestras culpas?
Tú juegas limpio, Dios. Tú bajas a ser hombre
para serlo del todo, para serlo con todos,
dispuesto a dar al hombre no sólo una limosna de amor,
sino el amor entero.
Desde entonces el hombre no está solo,
tú estás en cada esquina de las horas esperándonos,
más nuestro que nosotros,
más dentro de mí mismo que mi alma.
<<No os dejaré huérfanos>>, dijiste. Y desde entonces
han estado lleno nuestro corazón.

Undécima Estación  
 JESÚS DEVUELVE A SUS APÓSTOLES LA ALEGRÍA PERDIDA
    


Después de esto se apareció Jesús a los discípulos junto al mar de Tiberíades, y se apareció así:
Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado Dídimo; Natanael, el de Caná de Galilea, y los de Zebedeo, y otros discípulos.
Díjoles Simón Pedro: Voy a Pescar. Los otros le dijeron: Vamos también nosotros contigo. Salieron y entraron en la barca, y en aquella noche no pescaron nada.
Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa, pero los discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús.
Díjoles Jesús: Muchachos, ¿no tenéis en la mano nada que comer? Le respondieron: No.
El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. La echaron, pues, y ya no podían arrastrar la red por la muchedumbre de los peces.
Dijo entonces aquel discípulo a quien amaba Jesús: ¡Es el Señor! Así que oyó Simón Pedro que era el Señor, se ciñó la sobretúnica –pues estaba desnudo- y se arrojó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino como unos doscientos codos, tirando de la red con los peces.
Así que bajaron a tierra, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto sobre ellas y pan.
Díjoles Jesús: Traed de los peces que habéis pescado ahora.
Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, llena de ciento cincuenta y tres peces grandes; y con ser tantos, no se rompió la red.
Jesús les dijo: Venid y comed. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: ¿Tú quién eres?, sabiendo que era el Señor.
Se acercó Jesús, tomo el pan y se lo dió, e igualmente el pez.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discipulos después de resucitado de entre los muertos. (Jn 21, 1-14)

Desde que tú te fuiste no hemos pescado nada.
Llevamos veinte siglos echando inúltimente las redes de la vida
y entre sus mallas sólo pescamos el vacío.
Vamos quemando horas y el alma sigue seca.
Nos hemos vuelto estériles
lo mismo que una tierra cubierta de cemento.
¿Estaremos ya muertos? ¿Desde hace cuántos años
no nos hemos reído? ¿Quién recuerda
la última vez que amamos?
Y una tarde tú vuelves y nos dices: <<Echa tu red a tu derecha,
atrévete de nuevo a confiar, abre tu alma,
saca del viejo cofre las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón, levántate y camina.>>
Y lo hacemos, sólo por darte gusto. Y, de repente,
nuestras redes rebosan alegría,
nos resucita el gozo
y es tanto el peso de amor que recogemos
que la red se nos rompe, cargada
de ciento cincuenta nuevas esperanzas.
¡Ah, tú, fecundador de almas: llégate a nuestra orilla,
camina sobre el agua de nuestra indiferencia,
devuélvenos, Señor, a tu alegría!

 Duodécima  Estación 
  JESÚS ENTREGA A PEDRO EL PASTOREO DE SUS OVEJAS
   

Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que a éstos?
Él le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Díjole: apacienta mis corderos.
Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.
Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntase: ¿Me amas? Y le dijo: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Díjole Jesús: Apacienta mis ovejas. (Jn 21, 15-17)

Aún nos faltaba un gozo: descubrir tu inédito modo de perdonar.
Nosotros, como Pedro, hemos manchado tantas veces tu nombre,
hemos dicho que no te conocíamos,
hemos enrojecido ante el <<horror>> de que alguien nos llamara
<<beatos>>, nos hemos calentado al fuego de los gozos del mundo.
Y esperábamos que, al menos, tú nos reprenderías
para paladear el orgullo de haber pecado en grande.
Y tú nos esperabas con tu triste sonrisa
para preguntarnos sólo: <<¿me amas aún, me amas?>>,
dispuesto ya a entregarnos tu rebaño y tus besos,
preparado a vestirnos la túnica del gozo.
Oh Dios, ¿cómo se puede perdonar tan de veras?
¿Es que no tienes ni una palabra de reproche?
¿No temes que los hombres se vayan de tu lado
al ver que se lo pones tan barato?
¿No ves, Señor, que casi nos empujas a alejarnos de ti
sólo por encontrarnos de nuevo entre tus brazos?

    Decimotercera Estación    
JESÚS ENCARGA A LOS DOCE LA TAREA DE EVANGELIZAR

Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado,
Y, viéndole, se postraron, aunque algunos vacilaron,
Y, acercándose Jesús, les dijo: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra;
Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre
Y del Hijo y del Espíritu Santo,
Enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. (Mt, 28, 16-20)

Y te faltaba aún el penúltimo gozo:
dejar en nuestras manos la antorcha de tu fe.
Tú habrías podido reservarte ese oficio,
sembrar tú en exclusiva la gloria de tu nombre,
hablar tú al corazón,
poner en cada alma la sagrada semilla de tu amor.
¿Acaso no eres tú la única palabra?
¿No eres tú el único jardinero del alma?
¿No es tuya toda gracia?
¿Hay algo de ti o de Dios que no salga de tus manos?
¿Para qué necesitas ayudantes, intermediarios, colaboradores
que nada aportarán si no es tu barro?
¿Qué ponen nuestras manos que no sea torpeza?
Pero tú, como un padre que sentara a su niño al volante y dijera:
<<Ahora conduce tú>>, has querido dejar en nuestras manos
la tarea de hacer lo que sólo tú haces:
llevar gozosa y orgullosamente
de mano en mano la antorcha que tú enciedes.

 Décimocuarta Estación   
 JESÚS SUBE A LOS CIELOS PARA ABRIRNOS CAMINO


Diciendo esto, fue arrebatado a vista de ellos, y una nube le sustrajo a sus ojos.
Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en él, que se iba, dos varones con hábitos blancos se
les pusieron delante
Y les dijeron: Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo vendrá como le habéis visto ir al cielo.
Entonces se volvieron del monte llamado Olivete a Jerusalén, que dista de allí el camino de un sábado.
Cuando hubieron llegado, subieron al piso alto, en donde permanecían Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas de Santiago.
Todos éstos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste. (Hch 20, 9-14)

La última alegría fue quedarte marchándote.
Tu subida a los cielos fue ganancia, no pérdida;
fue bajar a la entraña, no evadirte.
Al perderte en las nubes
te vas sin alejarte,
asciendes y te quedas,
subes para llevarnos,
señalas un camino,
abres un surco.
Tu ascensión a los cielos es la última prueba
de que estamos salvados,
de que estás en nosotros por siempre y para siempre.
Desde aquel día la tierra
no es un sepulcro hueco, sino un horno encendido;
no una casa vacía, sino un corro de manos;
no una larga nostalgia, sino un amor creciente.
Te quedaste en el pan, en los hermanos, en el gozo, en la risa,
en todo corazón que ama y espera,
en estas vidas nuestras que cada día ascienden a tu lado.

P. José Luis Martín Descalzo, Razones para la alegría. 

domingo, 16 de abril de 2017

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La Pascua es la gran fiesta de los cristianos. Su celebración viene a ser la joya de la liturgia de la Iglesia. Es el centro de todas las
celebraciones que ocurren a lo largo de todo el año. Más todavía, el misterio pascual (la muerte y la resurrección del Señor) lo celebramos constantemente a lo largo de todos los domingos y en la eucaristía diaria.

Para los judíos la pascua era y lo sigue siendo su fiesta mayor. Es la Pascua del Antiguo Testamento. La celebraban en recuerdo de su liberación de Egipto, guiados por Moisés, e inmolaban, como víctima, un cordero. Ahora es Jesús, cordero sin mancha, quien, ofreciéndose como víctima y muriendo por nosotros, nos libera de la esclavitud del pecado e inaugura una Pascua única y definitiva, una vida nueva para todos.

Es la Pascua de Jesús y también nuestra pascua. Porque en él todos hemos resucitado. Y hemos resucitado para dar vida también nosotros, dando nuestra propia vida. Como Jesús. Resucitó porque no se había reservado para sí su propia vida, sino que la iba entregando. Él mismo dice en otra ocasión: El que guarda su vida para sí, la pierde; pero el que la entrega por la causa del Evangelio la gana para siempre. 

La vida de Jesús no termina con la muerte. Como el grano de trigo, o de cualquier otra semilla, no termina enterrado en el surco. La comparación es del mismo Jesús. El grano de trigo muere, pero renace o resucita en una espiga nueva cargada de muchos granos. Jesús entregó su vida, pero la recuperó nueva y gloriosa para vivir en nosotros; o mejor, para que también nosotros podamos vivir como él y podamos resucitar con él.

Pero volvamos al evangelio de hoy. María Magdalena acude al sepulcro al amanecer del primer día de la semana. Este día se llamará en adelante Domingo o Día del Señor. Y encuentra el sepulcro vacío. Estaba vacío porque el sepulcro no podía ser el final. Se sorprende y corre a comunicar la noticia a los discípulos. Los demás evangelistas nos hablan de que fueron varias mujeres las que acudieron a primera hora al lugar donde había sido enterrado. 

En los momentos decisivos, en el momento cumbre de la muerte y resurrección del Señor, mientras los demás discípulos se escondían por miedo, las mujeres han sabido estar ahí, al pie de la cruz, intrépidas y valientes. Por eso fueron las primeras en conocer la Gran Noticia de la Resurrección y las primeras en darla a conocer.

María Magdalena y la otra María habían ido a ver el sepulcro. Habían ido a ver un muerto. Y se encuentran con la gran sorpresa de las palabras del ángel del Señor, que les dice: Buscáis a Jesús crucificado. No está aquí. HA RESUCITADO. Se llenaron, dice el texto, de inmensa alegría y corrieron a anunciar a los discípulos la gran noticia.

También a nosotros se nos ha anunciado esta Gran Noticia. Lo hemos vivido y experimentado hoy. Y nos hemos llenado de gozo. Tenemos que correr a anunciar este hecho a otros, al mundo. Y decirles que ahora es posible la esperanza en una vida mejor, la libertad de los hijos, la alegría, la solidaridad y el amor entre todos.

Tendrá sentido y será eficaz la muerte de Jesús por nosotros y su resurrección si nos comprometemos a construir con él un mundo mejor: más humano, más justo, más en paz, más cristiano, más fraterno. Si así lo hacemos, la Pascua no será cosa de un solo día, sino una realidad permanente. Será, en nosotros, una vida nueva ya en este mundo, pero plena y definitiva en el otro.

En la eucaristía celebramos la muerte y la resurrección del Señor. Es también acción de gracias por su amor entregado y por la vida que nos da. Conservemos esta vida y comuniquémosla a los demás, como Cristo nos la ha comunicado a nosotros.
Alegrémonos, hermanos, y demos siempre gracias al Señor.

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR

sábado, 15 de abril de 2017

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La Vigilia Pascual es la celebración más importante del año litúrgico, puesto que en ella celebramos el centro de nuestra fe. Ninguna otra fiesta tendría sentido alguno si no se hubiera producido la resurrección de Jesucristo. Y nuestra fe, tampoco. No somos seguidores de un muerto, sino de alguien que pasó por la muerte y está vivo, porque resucitó.

La celebración litúrgica de esta noche está llena de signos muy expresivos: En primer lugar, la luz. Hemos comenzado la vigilia con las luces apagadas, en la oscuridad, y entre todos hemos llenado la iglesia de luz. Primero hemos encendido con fuego nuevo el cirio pascual, que representa a Cristo resucitado, a Jesús que vive hoy: por eso el cirio tiene grabadas las cifras del año 2017.

Estaba apagado, como habían apagado la vida de Jesús en la cruz. Y lo hemos encendido porque Cristo ha pasado de la muerte a la luz de la vida. Y nosotros, que por nuestro pecado estábamos en la oscuridad de la muerte, hemos encendido nuestras velas; es decir, hemos sido iluminados por él y hemos iluminado toda la iglesia con la luz que hemos recibido de Cristo vivo.

Es la Pascua de Jesús y también nuestra pascua. Porque en él todos hemos resucitado. Y hemos resucitado para iluminar y dar vida también nosotros. ¿Cómo podemos iluminar? Manteniendo viva la llama de nuestra fe y dejándola que brille siempre y que no se apague nunca. Cuando una luz se enciende, la oscuridad desaparece. Si en el entorno en que vivimos hay violencia, pongamos paz; si hay odio, pongamos amor del bueno; si  hay abandono de Dios y de la Iglesia, pongamos cercanía y convicción gozosa; si hay soberbia, pongamos sencillez y humildad cristiana; si hay indiferencia y frialdad para con el hermano que sufre, pongamos delicadeza y cariño; si hay oscuridad, encendamos la pequeña vela de nuestra fe, que, si está unida a la luz de Cristo, irradiará una luz poderosa.

Otro simbolismo muy expresivo es el agua. En el desierto, donde nunca llueve, no hay vida. Ahí donde llueve, se produce el milagro de la vida y florece todo. Cuando recibimos el agua del bautismo, nacimos a la vida nueva, a la vida de la gracia, a la vida en Dios. Por eso renovamos hoy nuestras promesas bautismales o nuestra condición de creyentes en Jesús. Jesús es el agua buena que nos hace renacer siempre a la vida que él nos regala siempre.

Pero volvamos al evangelio de hoy. La idea del cuerpo muerto de Jesús pesaba sobre sus amigos más que la losa del sepulcro. Tres mujeres se disponían a embalsamarlo con aromas. No podían dejarle
así. Amaban a Jesús. Y eran activas. Acuden al sepulcro pensando quién podría ayudarles a correr la piedra que lo tapaba. Y, para su sorpresa, descubren que la sepultura estaba abierta. Abierta y vacía. Y oyen una voz que dice: Jesús, el Nazareno, no está aquí, ha resucitado. La muerte había sido vencida. Cristo no está en la mal llamada paz del sepulcro. No está en la región de los muertos. Nunca encontrarán sus restos, como encuentran los que excavan en las sepulturas de hace cientos o miles de años. Es inútil buscarlo ahí. No está aquí, les dice el ángel a las mujeres. Ha resucitado.

Cristo vive. Y vive para siempre. Vive en cada uno de nosotros. Está aquí, porque nos hemos reunido en su nombre. Y está en la persona del otro, del hermano, del enfermo y del más pobre. En tu corazón y en el mío. En la eucaristía que celebramos, en la Palabra que se proclama. Es camino y también compañero de viaje. Somos discípulos y seguidores de alguien que vive y nos comunica vida.

El sepulcro vacío de Jesús anuncia que todos los sepulcros han de quedar vacíos un día. Porque resucitaremos también nosotros, porque creemos en él. Vivimos ya, hoy y aquí, una vida nueva y, después, viviremos para siempre con el Dios de la vida.

Esto no es ciencia ficción. Es la realidad más real de todo lo que existe o pueda existir. Pero a la vez es una realidad que nos compromete. Nos compromete a propiciar la vida a nuestro alrededor. A defenderla. A rechazar todo lo que la puede destruir, como la guerra, el terrorismo, el odio, la crítica acerba, la represión brutal, el machismo, el aborto, el egoísmo y la marginación del hermano porque es menos que yo o porque tiene menos que yo, la prepotencia, la ambición y la soberbia. Cristo será luz para el mundo si lo somos nosotros con él. Cristo será vida para todo ser humano si ponemos nuestra vida, lo que somos y tenemos, a su servicio, como lo hizo él.

La vida vale la pena únicamente si se da. Como Jesús. Aunque sea de noche, este el día en que actuó el Señor. Sea nuestra alegría y nuestro gozo.

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR


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Para exhortarnos a imitarle a él, el bienaventurado apóstol Pablo menciona también, entre otras muchas pruebas de su virtud, sus frecuentes vigilias (Cf 2Co 11,27). ¡Cuánto mayor ha de ser nuestra alegría en la observancia de esta vigilia, como madre de todas las santas vigilias, en la que todo el mundo está despierto! No aquel mundo del que está escrito: Si alguien ama el mundo, la caridad del Padre no reside en él, puesto que las cosas del mundo no son sino concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y ambición mundana, que no procede del Padre (1Jn 2,15-16). Este mundo, es decir, los hijos de la incredulidad, lo gobiernan los diablos y sus ángeles; contra ellos tenemos entablada una batalla según dice el mismo Apóstol: Nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre, sino contra los príncipes, potestades y gobernantes de este mundo, de estas tinieblas (Ef 6,12). También nosotros fuimos en otro tiempo tinieblas, mas ahora somos luz en el Señor (Cf Ef 5,8). Resistamos, por tanto, a los que gobiernan las tinieblas con la luz de las vigilias. No es ese mundo el que se mantiene en vela en esta solemnidad, sino aquel del que se dice: Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, no imputándole sus delitos (2Co 5,19). Tanto resplandece en todo el orbe de la tierra la fama de esta vigilia que hasta obliga a estar físicamente despiertos a quienes no diré que duerman en sus corazones, sino que están sepultados en la impiedad infernal. También ellos pasan despiertos esta noche, en la que aparece visiblemente cumplido lo que mucho tiempo antes se había prometido: Y la noche resplandecerá como el día (Sal 138,12). Esto tiene lugar en los corazones piadosos, de quienes se dijo: Fuisteis en otro tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor (Ef 5,8). Tiene lugar también en los de todos, tanto los que ven en el Señor como los que tienen sentimientos de envidia ante él. En esta noche, pues, está en vela todo el mundo, tanto el mundo enemigo como el mundo reconciliado. Éste, liberado, está en vela para alabar al médico; aquél, condenado, está despierto para blasfemar contra el juez. Está en vela el primero, enfervorizado y resplandeciente en su mente piadosa; está despierto el segundo, consumiéndose y rechinando sus dientes. A aquél le impide dormir en esta fiesta la caridad,
a éste la maldad; a aquél el vigor cristiano, a éste la envidia diabólica. Así, pues, nuestros mismos enemigos, sin darse cuenta, nos indican cómo debemos permanecer en vela en beneficio nuestro, si  por nuestra causa están despiertos quienes nos miran con recelo. En efecto, incluso entre aquellos que en ningún modo han sido señalados con el nombre de Cristo, son muchos los que esta noche no pueden dormir, unos por dolor, otros por pudor, y algunos que se van acercando a la fe, también por temor a Dios. Por diversos motivos los mantiene despiertos esta fiesta solemne. ¡Cuán gozosa ha de ser la vigilia del amigo de Cristo, si hasta el enemigo vela con dolor! Si el pagano se avergüenza émulos de irse a dormir, ¡con cuánto ardor ha de permanecer en vela el cristiano, envuelto Cristo en tanta gloria! A quien ha entrado ya en esta gran casa, ¡cuán conveniente le es mantenerse en vela en tan gran fiesta, si ya lo está quien se dispone a entrar en ella! Permanezcamos, pues, en vela y oremos para celebrar esta vigilia exterior e interiormente. Háblenos Dios en sus lecturas; hablémosle nosotros a él con nuestras preces. Si escuchamos sus palabras en actitud obediente, en nosotros habita aquel a quien dirigimos nuestra oración.
S 219
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 Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas.
Clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí en mi torpe mejilla
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.

Déjame que te restañe
ese llanto cristalino,
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.

Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
- No, mi Niño. No, no hay quien
de mis brazos te desuna.
Y rayos tibios de luna
entre las pajas de miel
le acariciaban la piel
sin despertarle. Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel.

¿Dónde está ya el mediodía
luminoso en que Gabriel
desde el marco del dintel
te saludó: -Ave, María?
Virgen ya de la agonía,
tu Hijo es el que cruza ahí.
Déjame hacer junto a ti
ese augusto itinerario.
Para ir al monte Calvario,
cítame en Getsemaní.

A ti, doncella graciosa,
hoy maestra de dolores,
playa de los pecadores,
nido en que el alma reposa.
A ti, ofrezco, pulcra rosa,
las jornadas de esta vía.
A ti, Madre, a quien quería
cumplir mi humilde promesa.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada María.

Gerardo Diego